Carta de Jesús a sus padres
Queridos papá y mamá:
Desde que salí de Nazaret ha pasado casi medio año. Sé que estáis
preocupados por mí. Me encuentro bien, aunque no me he casado ni me he
comprado una casa. Ahora vivo en Cafarnaúm, junto al lago, con la familia de
un amigo mío que se llama Pedro. Bueno, en realidad, estamos continuamente
moviéndonos de un sitio para otro. Os envío esta carta con uno de mis amigos
para que sepáis cómo estoy. Me he enterado de que algunos de nuestra
parentela creen que estoy medio loco o, por lo menos, un poco desquiciado.
Me parece que voy a seguir dándoles bastantes motivos para que sigan
pensando así. Sí creían que me iba a quedar toda la vida en Nazaret haciendo
lo que todos hacen, van listos.
Papá, mamá, quiero deciros algunas cosas que veo más ahora que no estoy con
vosotros. Durante este tiempo he conocido de cerca a algunas familias de mis
amigos y a otras muchas que viven en los pueblos que hay en torno al lago.
¡Si pudierais ver cuántos parecidos y cuántas diferencias! Algunos padres
están empeñados en que sus hijos hagan exactamente lo mismo que ellos han
hecho. Quieren que sean como fotocopias suyas y no les permiten lo más
mínimo pasarse de la raya. Otros, por el contrario, aspiran a que sus hijos
sean mucho más que ellos y les meten en la cabeza ideas exageradas.
Planifican la vida de sus hijos y luego se enfadan si las cosas no salen
como ellos habían soñado. Total, que muchos padres son verdaderos expertos
en ser infelices ellos y en hacer infelices a los suyos. Algunos rabinos se
empeñan en decir una y otra vez que la familia es la base de la sociedad y
que si la familia va bien todo irá bien. Quieren que todo gire en torno al
hogar y no hacen más que dar consejos a los hijos para que sean respetuosos
y sumisos. No es que yo esté en contra de esto, pero me da la impresión de
que no entienden que la familia de Dios es más grande que la personas que
viven en una casa. Y, de vez en cuando, me echan en cara mi desapego de
vosotros.
Viendo estas cosas, cada día os quiero más. De ti, papá, he aprendido, no
sólo a intentar hacer las cosas bien, sino también a dejar que Dios haga su
voluntad por encima de la mía. A menudo me sorprendo con algunas reacciones
que son calcadas de las tuyas, incluso con algunos «tics». Creo, por
ejemplo, que la sensibilidad para estar cerca de los que sufren me viene de
ti. Y quizá también la fidelidad a la palabra dada y la manera de mirar. Y
hasta puede que la forma campechana de decir "buenos días" a la gente que me
encuentro por la calle.
De ti, mamá, no sé qué pensar. Hemos pasado tantas horas juntos que algunos
que nos conocen a los dos dicen que soy un vivo retrato tuyo. Si no hubiera
sido por ti, yo no hubiera aprendido a sonreír, a llamar a Dios "Papá" y
también "Mamá", a mirar el futuro con esperanza. Contigo y con papá he
aprendido a ser yo mismo y a descubrir la voluntad de Dios sobre mí durante
todos los años que hemos pasado juntos. Eso no lo podré olvidar jamás. En
este sentido, yo soy el resultado de vuestro amor y de vuestra manera
profunda y discreta de aceptarme como soy.
No sé cómo agradeceros todo lo que me habéis querido. De vez en cuando
siento un poco de nostalgia de los atardeceres de Nazaret, cuando hablábamos
los tres durante la cena. Sé que mi decisión de venirme aquí os sorprende.
Quisierais entenderla más de lo que, de hecho , la entendéis. Por eso os
quiero más, porque no es nada sencillo amar cuando las personas no son como
queremos que sean. Que me hayáis alimentado y educado tiene mucha
importancia, pero no es lo principal en la vida. He conocido a algunos
hombres y mujeres que han traído hijos al mundo y que -según ellos- se han
matado por educarlos y, sin embargo, nunca han sabido quererlos de verdad,
nunca les han ayudado a ser ellos mismos. ¿De qué sirve que les paguen la
escuela rabínica y unas vacaciones en Cesarea marítima si nunca se han
puesto a escuchar lo que verdaderamente necesitan y quieren? Vosotros no
habéis sido así, aunque no hayáis logrado entender todo lo mío.
Yo, papá y mamá, en cierto sentido, he roto con vosotros. Y con el resto de
nuestra familia. Y con Nazaret. Os lo digo con franqueza. No quiero
engañaros. Creo que vosotros no sois lo más importante a los ojos de Dios.
Más aún, creo que sólo rompiendo estos lazos podemos empezar a ser familia
de otra manera. Sin ataduras, sin exclusivismos, sin dependencias. Una
familia que anticipe, en miniatura, el reinado del Padre y que prepare para
él. Diciendo estas cosas puedo escandalizaros. Soy consciente de que no soy
un hijo ejemplar como sueñan la mayoría de los padres. No soy un modelo para
los jóvenes de hoy. Yo no voy diciendo por ahí que lo más importante es ser
obedientes y sumisos. Lo que digo, porque lo siento así, es que Dios es más
grande que la familia y que la patria y que la cultura. Y, como os he antes,
más de un rabino me ha echado en cara que con estas ideas voy a echar a
perder la sociedad.
Nada más, José y María (dejadme que os llame por vuestro nombre). No sé si
algún día alguien os recriminará por la "mala" educación que me habéis dado.
No sé tampoco los disgustos que os podré dar en el futuro. Sé que, aunque no
podamos entenderlo todo, aunque muchas cosas nos sorprendan y hasta nos
duelan, voso tros guardáis todo esto en el corazón y confiáis, como yo, en
que el Padre un día nos ayudará a entenderlo todo.
Recibid un abrazo de vuestro hijo que, cuanto más se separa, más os quiere.
Jesús