Retiro de Jóvenes
Meditación sobre el encuentro
entre

JESUS Y EL JOVEN RICO (Mt.19,16-21)
Comencemos nuestra meditación con una oración:
"Te damos gracias, Jesús,
porque nos propones tu amistad,
porque más allá de cualquier cosa que hagamos
o podamos hacer, nos ofreces una relación verdadera,
real, contigo, de la que depende
cualquier otra relación con los demás.
Concédenos Padre,
que nos conozcamos como tú nos conoces.
Haz que por medio de este conocimiento podamos
conocer el don de tu Evangelio
y gustar su alegría.
Te lo pedimos a Tí que vives y reinas
por los siglos de los siglos. Amén.
Les propongo en esta meditación reflexionar juntos sobre un episodio de la vida de Jesús, su encuentro con el joven rico. Podríamos llamar a esta meditación "¿qué me falta?".
En este trozo se habla de un hombre, de una situación existencial, de la vida de cada día, por tanto, de cada uno de nosotros. Quizás podría ser una persona de unos 25 a 30 años, un hombre que tiene ya algo propio, tiene un porvenir por delante. Todavía no se ha casado, por eso está reflexionando sobre sí mismo, tiene ambiciones aún de carácter filantrópico y moral, un hombre que sabe que la vida no se juega con poco sino que hay que gastarla en cosas grandes.
Vayamos al texto y pidámosle al Señor que nos haga entrar en esta situación con un corazón abierto y disponible.
- "SE LE ACERCO UNO..." Así se inicia el relato. En este anonimato podemos reconocer a todo hombre que, conscientemente o no, se acerca a Cristo. Para el joven, más que una pregunta sobre las reglas que hay que observar, es una pregunta de pleno significado para la vida. En efecto, ésta es la aspiración central de toda decisión y de toda acción humana, la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad.
Para que los hombres puedan realizar este "encuentro" con Cristo, Dios ha querido su Iglesia. Ella " desea servir sólo para este fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo".
- "MAESTRO QUE HE DE HACER DE BUENO PARA CONSEGUIR LA VIDA ETERNA?". Esta pregunta es significativa por dos motivos primero porque revela a un hombre muy preocupado del "hacer", tiene mucha confianza en la eficacia; por otro, quiere también, por lo anterior, "poseer" la vida eterna. Es un hombre muy ocupado de las cosas y Jesús le dice: cuidado, el bien no es una cosa, sino una persona. Por eso Jesús vuelve sobre la pregunta, corrigiéndola también, no "si quieres poseer la vida" sino "si quieres entrar en la vida".
Desde otro ángulo, podemos decir, que es una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar para y a la vida eterna. El interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino. La fascinación por la persona de Jesús ha hecho que surgiera en él nuevos interrogantes en torno al bien moral.
Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de El la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo. Jesucristo es el que nos enseña la verdad sobre el obrar moral. Por ésto, el hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a si mismo debe con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe entrar en El con todo su ser. Jesús con delicada solicitud pedagógica, responde llevando al joven como de la mano paso a paso hacia la verdad plena.
-"UNO SOLO ES EL BUENO". Antes de responder a la pregunta, Jesús quiere que el joven se aclare a si mismo el motivo por el que lo interpela. La respuesta a la pregunta, "que he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?", sólo puede encontrarse dirigiendo la mente y el corazón a Aquel que "sólo es el bueno". Interrogarse sobre el bien significa en último término dirigirse a Dios que es plenitud de la bondad.
Jesús muestra que la pregunta del joven es en realidad una pregunta religiosa y que la bondad que atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, más aún, es Dios mismo: Aquel que sólo es digno de ser amado "con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente" (Mt. 22,37), Aquel que es la fuente de la felicidad del hombre.
Aquello que es el hombre y lo que debe hacer se manifiesta en el momento en el cual Dios se revela a si mismo. En el Decálogo Dios se hace conocer y reconocer como Aquel que "sólo es bueno" y que es modelo del obrar moral, según su misma llamada: "sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo" (Lv.19,2).
La vida moral se presenta como la respuesta debida a las iniciativas gratuitas que el amor de Dios multiplica en favor del hombre.
Es una respuesta de amor: "Escucha Israel..."(Dt.6,4-7).
La afirmación de que "uno solo es el bueno", nos remite así a la primera tabla de los mandamientos, que exige reconocer a Dios como Señor único y absoluto; el bien es pertenecer a Dios y obedecerle. Reconocer al Señor como Dios es el núcleo fundamental y el corazón de la ley del que derivan y al que se ordenan los preceptos particulares. Mediante la moral de los mandamientos se manifiesta la pertenencia del pueblo de Israel al Señor.
El "cumplimiento"puede lograrse sólo como un don de Dios: lo que quizás en ese momento el joven logra sólo intuir será plenamente revelado al final por Jesús mismo con la invitación "ven, y sígueme" (Mt.19,21).
- "SI QUIERES ENTRA EN LA VIDA, GUARDA LOS MANDAMIENTOS". Se enuncia una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen. Jesús, como nuevo Moisés, nos da el Decálogo nuevamente y El mismo lo confirma definitivamente y nos lo propone como camino y condición de salvación.
El mandamiento se vincula con una promesa: en la Antigua Alianza el objeto de la promesa era la posesión de la tierra, en la Nueva Alianza el objeto de la promesa es el "Reino de los cielos".(la vida eterna que ya es luz, verdad y sentido para la vida presente; Mt.19, 29).
El joven le pregunta "¿CUALES?", le interpela sobre qué debe hacer en la vida para dar testimonio de la santidad de Dios. Tras haber dirigido la atención del joven hacia Dios, Jesús le recuerda los mandamientos del Decálogo que se refieren al prójimo. Aquí Jesús le dice, en definitiva "ten buenas relaciones con el prójimo, no lo engañes en nada, da a cada uno lo que le pertenece, en fin, ama a todos.
En el amar al prójimo como a si mismo se expresa la dignidad de la persona humana, la cual es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por si misma. Los mandamientos recordados por Jesús a su joven interlocutor, están destinados a tutelar el bien dela persona humana, imagen de Dios.
Los mandamientos constituyen la primera etapa necasaria en el camino hacia la libertad: cuando uno no se ve implicado en lo que los mandamientos condenan, comienza a alzar los ojos a la libertad, la que poco a poco con la caridad se perfeccionará. (Cfr. Lc.10, 30-37 parábola del "Buen Samaritano").
En el amor a Dios y al prójimo se resumen los mandamientos y de su unidad inseparable da testimonio Jesús con sus palabras y su vida. Sin el amor al prójimo no es posible el auténtico amor a Dios (1Jn.4,20; Lc.10,30-37; Mt.25,31-46).
Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios, especialmente el del amor al prójimo, interiorizando y radicalizando sus exigencias: Jesús muestra con su vida que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor. (así el "no matarás" se convierte en un amor solícito; el "no cometerás adulterio" en una invitación a vivir la pureza y un amor maduro,etc.). Seguir a Cristo consiste más que un intento de no pecar en un esfuerzo por amar; Dios siempre nos llama a un "más" en nuestra vida, rechazando toda mediocridad en la entrega y el servicio.
-"SI QUIERES SER PERFECTO". La respuesta sobre los mandamientos no satisface al joven, que le pregunta qué más le falta. El tema es que no es fácil decir con la conciencia tranquila que todo eso lo hemos guardado, si en verdad se comprende todo el alcance de las exigencias contenidas en los mandamientos. Sin embargo, aunque el joven rico sea capaz de dar una respuesta tal, ante la persona de Jesús se da cuenta de que todavía le falta algo. Jesús en su última respuesta se dirige a esa conciencia de que aún falta algo: comprendiendo la nostalgia de una plenitud que supere la interpretación legalista de los mandamientos, el Maestro bueno invita al joven a emprender el camino de la perfección (Mt.19,21).
Aquí quisiera detenerme un momento y preguntarle a este joven: ¿pero que te pasa, por qué sigues preguntando, por qué te pones en problemas haciendo todavía una pregunta que te hará quedar mal?. El joven podría contestar: sentía que a pesar de todo no estaba satisfecho; pero yo soy joven, me siento llamado a hacer cosas grandes en la vida, yo quiero saber...
En el fondo de nosotros mismos se encuentra esta exigencia de algo más: nos damos cuenta que no es suficiente hacer razonablemente bien las cosas.
Ahora la respuesta se hace solemne "le dijo Jesús", al principio Jesús se había quedado en la superficie, pero al ver que la persona salió con algo mejor expresando el deseo de aquel "más" entonces Jesús va también a la profundidad, destapa las cartas "si quieres ser perfecto...".
Hasta ahora era una relación de comodidad, de quien se siente seguro y entonces le ofrece a Dios su vida, su felicidad, pensando: en todo caso estoy tranquilo, tengo las cosas que me sostienen. En cambio, de este modo nuevo te pones en una situación de dependencia total delante de Dios, te la jugaste todo por él.
Este fragmento como el anterior deben ser leídos en el contexto de todo el mensaje moral del Evangelio, especialmente en el contexto del Sermón del Monte (las bienaventuranzas: Mt. 5,3-12). En efecto, también las bienaventuranzas pueden ser encuadradas en el amplio espacio que se abre con la respuesta que da Jesús a la pregunta del joven "¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?"; pues cada una termina con la promesa de la vida eterna.
La afirmación manifestada por el joven de haber respetado todas las exigencias morales de los mandamientos constituye el terreno indispensable sobre el que puede brotar y madurar el deseo de la perfección: seguir radicalmente a Jesucristo. El coloquio de Jesús con el joven nos ayuda a comprender las condiciones para el crecimiento moral del hombre llamado a la perfección: el muchacho ha observado todos los mandamientos pero ahora se muestra incapaz de dar el paso siguiente sólo con sus fuerzas. Para hacerlo se necesita una libertad madura ("si quieres") y el don divino de la gracia ("ven y sígueme").
La perfección exige aquella madurez en el darse a si mismo, a que está llamada la libertad del hombre. Jesús indica al joven los mandamientos como la primera condición irrenunciable para conseguir la vida eterna, el abandono de todo lo que el joven posee y el seguimiento del Señor asumen, en cambio, el caracter de una propuesta: "si quieres..." Así la libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen sino que por el contrario, se reclaman mutuamente. El discípulo de Cristo sabe que la suya es una vocación a la libertad.
Quien vive "según la carne" (Gál.5) siente la ley de Dios como un peso, como una restricción de la propia libertad; en cambio quien está movido por el amor y vive "según el Espíritu" (Gál.5) y desea servir a los demás, encuentra en la ley de Dios el camino fundamental y necesario para practicar el amor libremente elegido y vivido. Más aún, siente la urgencia interior de no detenerse ante las exigencias mínimas de la ley sino de vivirlas en su plenitud.
Esta vocación al amor perfecto no está reservada de modo exclusivo a un grupito. La invitación "anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres", junto con la promesa "tendrás un tesoro en los cielos", se dirige a todos, porque es una radicalización del mandamiento del amor al prójimo.
La siguiente invitación "ven y sígueme" es la nueva forma concreta del mandamiento del amor a Dios; Jesús es la medida del amor auténtico (Jn.15,12).
- "VEN Y SIGUEME". El camino y el contenido de esta perfección consiste en el seguimiento de Jesús, después de haber renunciado a los propios bienes y a sí mismos. Esta es la conclusión del coloquio de Jesús con el joven: "luego ven, y sígueme" (Mt.19,21).
Es Jesús mismo quien toma la iniciativa y llama a seguirle. Por ésto, seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana.
No se trata aquí sólo de escuachar una enseñanza y cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre.
Jesús pide que le sigan y le imiten en el camino del amor, de un amor que se da totalmente a los hermanos por amor de Dios: "Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado" (Jn. 15,12). Este "como" exige la imitación de Jesús, la imitación de su amor, cuyo signo es el lavatorio de los pies; él es la medida del amor. El modo de actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen la regla moral de la vida cristiana.
El amor que Jesús exige a sus seguidores no es un amor cómodo ni superficial ni de moda, sino que es un amor en serio, radical, es el amor que está dispuesto incluso a dar la propia vida por los amigos (Jn. 15,13),es un amor que no tiene miedo de ser hasta el extremo (Jn.13,1).
Jesús, al llamar al joven a seguirle en el camino de la perfección, le pide que sea perfecto en el mandamiento del amor, en "su" mandamiento: que se inserte en el movimiento de su donación total. Esto es lo que Jesús pide a todo hombre que quiere seguirlo: "si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt. 16,24).
Seguir a Jesucristo no es una imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda; ser su discípulo significa hacerse conforme a El, éste es el camino al que nos invita el Evangelio.
-"EL JOVEN SE MARCHO ENTRISTECIDO...". La conclusión del coloquio de Jesús con el joven rico es amarga, el muchacho se retira triste porque tenía muchos bienes o mejor dicho, porque lo poseían muchos bienes (Mt.19,22).
No sólo el joven rico sino también los discípulos se asustan de la llamada de Jesús al seguimiento, cuyas exigencias superan las aspiraciones y las fuerzas humanas (Mt.19,25). Imitar y revivir el amor de Cristo no es posible para el hombre con sus solas fuerzas. Se hace capaz de este amor sólo gracias a un don recibido; para Dios no hay nada imposible (Mt. 19,26). En efecto, el amor y la vida según el Evangelio no pueden proponerse ante todo bajo la categoría de precepto, porque lo que exige supera las fuerzas del hombre; sólo son posibles como fruto de un don de Dios, que por medio de su gracia sana, cura y transforma el corazón del hombre. Este don no disminuye, sino que refuerza la exigencia moral del amor.
Lo mismo que Jesús recibe el amor de su Padre, así, a su vez, lo comunica gratuitamente a los discípulos (Jn.15,9); el don de Cristo es su Espíritu cuyo primer "fruto" es la caridad ("quien no ama está sin motivaciones para guardar los mandamientos", San Agustín).
- EL COLOQUIO CONTINUA HOY. El encuentro y diálogo entre Jesús y el joven rico continúa, en cierto sentido, en cada época de la historia; también hoy. La pregunta inicial del muchacho brota en el corazón de todo hombre, y es siempre y sólo Cristo quien ofrece la respuesta plena y definitiva. Jesús, el Maestro, está siempre presente y operante en medio nuestro, especialmente en su Iglesia, donde su presencia se hace contemporánea respecto al hombre de cada época, según su promesa: "He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mt. 28,20).